Conciertos
BOS 4
Abono de Iniciación
Paul Daniel, director
- George Gershwin. (1898 – 1937) Strike up the band, obertura (7’)
- Sergei Rachmaninov. (1873 – 1943) Concierto nº 4 en sol menor para piano y orquesta Op. 40 (versión 1941)
- I. Allegro
- II. Largo
- III. Allegro vivace
- Claude Debussy. 1862 – 1918) Iberia, Imágenes para orquesta nº 2
- I.Par les rues et par les chemins
- II. Les parfums de la nuit
- III. Le Matin d’un jour de fête
- Maurice Ravel. (1875 – 1937) La Valse, Poema coreográfico para orquesta.
FECHAS
- 03 de noviembre de 2016 Palacio Euskalduna 19:30 h. Comprar Entradas
- 04 de noviembre de 2016 Palacio Euskalduna 19:30 h. Comprar Entradas
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DE COLORES SE VISTE LA MÚSICA
De la misma manera que el otoño, siendo apenas un fugaz periodo de tiempo, inunda la Naturaleza con sonidos, aromas, colores y sensaciones de toda índole, los primeros frenéticos años del siglo XX dieron a luz una espléndida gama de expresiones musicales -audaces algunas, herederas del lenguaje romántico otras- que enriquecieron extraordinariamente un paisaje sonoro que había trasvasado ya las fronteras de Europa… Esto explica que, en el programa de esta tarde, la frescura creativa de Gershwin, el romanticismo atemporal de Rachmaninov, la ensoñación sonora de Debussy y la imaginería preciosista de Ravel, nos inviten a acomodarnos en la butaca y escuchar los colores de la música. George Gershwin (Nueva York, 1898-Beverly Hills, 1937) escribió en 1927 la comedia musical en dos actos Strike Up the Band, una parodia política con guion de George S. Kaufman basado en una novela de Morrie Ryskind, que recogía canciones de su letrista habitual, su hermano Ira, y que combinaba el estilo alborotado de los hermanos Marx –triunfando por aquellos años en Broadway- con un ácido reproche a los estamentos militares y políticos norteamericanos. Los espectadores no recibieron con humor la ironía encerrada en las debilidades de las instituciones y de la guerra y los autores tuvieron que ofrecer una versión reformada, cuyo talante más suave ayudó al éxito de las más de 190 representaciones de la obra, que tuvieron lugar en el Times Square Theatre durante el primer semestre de 1930. Entre los instrumentistas de aquellos días se encontraban nombres emblemáticos como los de Benny Goodman, Glenn Miller o Jack Teagarden. Este hijo de rusos, que llegaron al Nuevo Mundo huyendo de la miseria y la persecución a los judíos, llevó a la música la frescura de la juventud y la espontaneidad de quien nace dotado. En gran medida autodidacta, el talento de Gershwin fue desbordante y produjo tanta y tan buena música que consiguió fascinar a compositores y públicos muy alejados del foco de su musa. Ritmos sincopados, melodías genuinas, sensualidad armónica, elegancia e inspiración, configuran una música que atrapa por su ingenio y naturalidad en un estimulante combinado que se degusta con placer. Por aquellos mismos años, otro ruso completaba una composición de lenguaje muy distinto. Sergei Rachmaninov (Semionovo, 1873-Beverly Hills, 1943) escribió el Concierto para piano n.º 4 en sol menor en 1926. Era su primera obra realizada íntegramente en los años de exilio y fue estrenada el 18 de marzo de 1927, con Rachmaninov como solista y Leopold Stokowski dirigiendo a la Orquesta de Filadelfia. A pesar de este elenco deslumbrante, la recepción fue tan tibia que el compositor-pianista la revisó en dos ocasiones (hoy sonará la versión de 1941). Es muy posible que el menor éxito de este concierto respecto a las otras composiciones para piano y orquesta del autor se deba, principalmente, a que no está repleto de las arrebatadoras melodías que el público solía (y suele) asociar con Rachmaninov, quien quiso aquí combinar sus señas de identidad con un nuevo lenguaje que había conocido, precisamente, en aquellos años neoyorquinos. En particular le fascinó Rhapsody in Blue de Gershwin, a cuyo estreno asistió en 1924 y como muchos otros compositores a uno y otro lado del Atlántico, exploró los elementos que el jazz ofrecía: ritmos animados, acordes acentuados, armonías nuevas… En esta ocasión, pues, dejó a un lado el peso emocional de su nostalgia sombría e intensa, habitualmente canalizada por sus poderosas dotes melódicas y experimentó con la alegría. En el arranque del Allegro vivace, asoma ya ese novedoso tratamiento armónico y un impulso rítmico apremiante que, sin embargo, sabe ceder en pasajes más calmados y soñadores, logrando el éxito en una combinación, a priori difícil, entre la urgencia y la recreación melódica. En el Largo, el solista juguetea con la tonalidad sobre un tapiz orquestal cálido y –éste sí- plenamente romántico, mostrándonos de nuevo a un Rachmaninov que, sin perder su esencia, desea probar los senderos que otros habían recorrido hacía ya varias décadas. Lleno de vigor y originalidad, irrumpe el Allegro Vivace con que concluye este peculiar concierto, nacido en un momento de extraordinaria creatividad de un músico que, en la cima de su carrera y como aventura otoñal, se permitió experimentar. Sin duda, la inspiración y ciertas dosis de júbilo están presentes en él. De las tres Imágenes para orquesta que Claude Debussy (Saint-Germain-en-Laye, 1862 -París, 1918) compuso en la década final de su carrera, Iberia es, probablemente, la más programada. La escribió en 1908, sumándose así al grupo de compositores franceses que, atraídos por lo que suponía el exotismo español, lanzaron al repertorio orquestal una serie de postales sonoras con las que el público adquirió una idea musical de un lugar que, ubicado en Europa, sentía tan extraño, misterioso y original. Al parecer, el contacto de Debussy con España no fue mayor que el que le proporcionaron unas horas transcurridas cerca de la frontera; sin embargo, su paleta de colores quiso recoger la esencia de lo que para él representaba un país desconocido, pero soñado en su corazón de artista. En Iberia, Debussy perfiló la música con una silueta más definida que lo que era habitual en su lenguaje. Tal vez el impulso rítmico, los colores armónicos y la riqueza tímbrica que el autor asociaba con tierras españolas contribuyeron a ello. Además, aun conservando la textura amplia y abierta tan característica de su estilo, el tratamiento individualizado de las voces instrumentales incrementa la nitidez de los contornos. A ello contribuye también la articulación del todo orgánico en tres movimientos, que siguen el patrón clásico “rápido-lento rápido». Pero, a pesar de estar más estructurada que otras obras más vanguardistas del autor, en ésta Debussy no pretende definir tres escenas españolas, sino más bien provocar en el oyente una serie de sensaciones o impresiones y sugerir ambientes más o menos rústicos, nocturnos o festivos, cargados de sonidos, fragancias e imágenes… La primera de ellas, Por las calles y caminos, está sustentada en un motivo rítmico marcado y repetitivo que vertebra un discurso fresco, festivo y de aroma meridional, evocando la danza. La música se vuelve más lánguida y sugerente en un tema que se interrumpe después por una fanfarria en los metales, tras la cual se desliza un aire de habanera. Las ideas se van entretejiendo en una repetición frecuente, a la manera popular. En Los perfumes de la noche, las atmósferas, las medias luces, los juegos de timbres, las líneas superpuestas, las texturas cambiantes y el sonido que flota y envuelve, protagonizan un espacio sonoro rico, sugestivo y soñador que recrea un ambiente nocturno cálido, perfumado y hechizante. La luminosidad vuelve con La mañana de un día de fiesta, en la que el chisporrotear rítmico de sonajas y castañuelas alterna con la brillantez tímbrica de una orquesta ágil, combinando sonoridades ásperas, ritmos incisivos y disonancias bulliciosas, que articulan una danza original y vívidamente pictórica. Y con el retrato distorsionado de otra danza, por demás espléndida y seductora, concluye esta tarde de concierto. Maurice Ravel (Ciboure, 1875-París, 1937) terminó de escribir La valse en 1920 a petición de Sergei Diaghilev, que más tarde la rechazó alegando que “es una obra maestra, pero no un ballet”. Y sin duda es una pieza de referencia, en lo musical y en lo sociológico, ya que dibuja con pluma certera aquellos años de entreguerras en los que, bajo los símbolos del poder, la riqueza y la alta cultura, habitaba un descontento feroz que acabó carcomiendo los cimientos, ya desgastados, de una Europa enferma y ciega. Sobre el latir pesante del inicio y con su escritura pulida y brillante, Ravel va construyendo una arquitectura sonora móvil, donde la exquisitez y la disonancia, el esplendor y la barbarie, la organización de los elementos y su ruptura estrepitosa, consiguen transformar la esencia del vals elitista, rebosante de oropel y sofisticación en una danza macabra. Nota a nota, compás a compás, Ravel enciende los colores y la mecha de una hoguera de vanidades que, tras un vertiginoso torbellino, estalla violentamente en el acorde final. Al igual que los bosques y los atardeceres nos asombran con sus infinitos matices en esta época del año, la música irradia esta tarde un caudal de colores. Disfrútenlos.Mercedes Albaina
NIKOLAI DEMIDENKO
Piano
PAUL DANIEL
Director
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Hay directores que imprimen carácter a una orquesta, y algunos incluso marcan toda una época de la misma. Juanjo Mena, titular de la agrupación de 1999 a 2008 se encuentra en este grupo. Los caminos del maestro y la BOS se vuelven a cruzar, con un sentido de reconocimiento y gratitud por todo lo vivido juntos.
Será testigo de este reencuentro, un artista excepcional muy querido en esta casa, el violonchelista Asier Polo.
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Nicoló Umberto Forón, director
Rachmaninoff, como pianista consumado, exploró en detalle las profundidades de la música de Mozart, así que es muy probable que encontrase natural que dos obras tan intensas emocionalmente como sus Danzas Sinfónicas y el Concierto n.º 24 en do menor sonasen juntas en la misma velada.
Así las disfrutaremos, en las manos de dos jóvenes talentos que se presentan en nuestra temporada.
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