Conciertos

Haydn, el gran sinfonista


Palacio Euskalduna,Bilbao.   19:30 h.

Kit Armstrong, piano
Jan Willem de Vriend, director


I

FRANZ SCHUBERT (1797 – 1828)

Obertura al estilo italiano en Do Mayor D. 591*

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791)

Concierto nº 22 para piano y orquesta en Mi bemol Mayor K. 482*

I. Allegro
II. Andante
III. Allegro

Kit Armstrong, piano

II

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732 – 1809)

Sinfonía nº 104 en Re Mayor Hob. I: 104 «Londres»

I. Adagio – Allegro
II. Andante
III. Menuet: Allegro
IV. Spiritoso



* Primera vez por la BOS

FECHAS

  • 07 de mayo de 2026       Palacio Euskalduna,Bilbao      19:30 h. Comprar Entradas
  • 08 de mayo de 2026       Palacio Euskalduna,Bilbao      19:30 h. Comprar Entradas

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El compositor furtivo

Una de las muchas paradojas de Viena es cómo pudo vivir de espaldas a tantos compositores tremendos, y ser tan famosa por los mismos. Por cada Beethoven que fue razonablemente aclamado a las primeras de cambio, tenemos media docena de autores que vivieron entre la transparencia, la clandestinidad y el reconocimiento en los minutos finales del partido.

Quizá la respuesta a esta cuestión resida en que pese a contar con poco más de 200.000 habitantes en torno a 1800 –recordemos que el Gran Bilbao ronda el millón –, Viena siempre ha tenido la suerte y la desgracia de tener mil Vienas coexistiendo. Desgracia porque eran comunes los desencuentros poco cuidadosos entre tantos marcos; suerte porque un pequeño grupo de personas podía unirse en torno a una causa común y cambiar el curso de la historia de la música.

Empecemos por el último, desde un punto de vista cronológico, de los tres compositores de esta velada. El ejemplo paradigmático de compositor vienés volando por debajo del radar: Franz Schubert (1797-1828). ¿Se puede uno morir recién entrado en la treintena, ser casi un desconocido y dejar en torno a mil obras escritas? Pues parece que sí; que sí que se puede. Algunas manos se alzarán: a ver, que más de la mitad son lieder, cancioncitas de un par de folios. De acuerdo, repartamos lápiz y papel. Todo el mundo a escribir cancioncitas.

«El estado debería mantenerme, yo sólo he venido al mundo para componer». Así lo explica Franz a sus veinte años. No es la reflexión de un jeta en busca de un sofá y una nintendo. Es la reflexión sencilla de alguien que piensa y respira en términos musicales. Alguien en quien cualquier circunstancia de la vida despierta un edificio sonoro, grande o pequeñito.

Volvamos por un momento a los lieder. Durante siglos –milenios– la humanidad ha vivido sumergida en poemas, y la Austria de principios del XIX no fue diferente. Libros de poesía inundaban los salones, las mesillas de noche, los cafés, los jardines, las memorias, los juegos, los estudios, los viajes. Y ahora imaginemos a Schubert, voraz lector de poesía como todos sus contemporáneos, enfrentado a unos versos nuevos para él, y veamos cómo docenas de fragmentos melódicos y de armonías alzan el vuelo, como un tren que va levantando pájaros cercanos a su paso. La música no es algo que llegará más tarde en sesuda concentración. La música revolotea sin que nada pueda ni quiera impedirlo. Un producto inevitable de las palabras, de las frases y de los huecos entre ellas.

Pero es que la gente con estos cableados en la cabeza y en el alma ni siquiera necesita de palabras para armar castillos de música. Pueden hacerlos sólo a partir de imágenes evocadas por otros sonidos. Este Schubert veinteañero supo –a la vez que toda Europa– de la existencia de una nueva estrella italiana aparecida en el firmamento de la ópera: Gioachino Rossini (1792-1868). Bueno, lo de Rossini no fue una estrellita en plan Perseidas; lo de Rossini fue un petardazo tipo Supernova. Durante dos décadas no se escuchó otra música sobre los escenarios de Lisboa a San Petersburgo. No es una exageración. Nunca, en la historia de la ópera, se ha repetido una tal hegemonía. Ni Verdi, ni Wagner, ni Puccini. Ni Andrew Lloyd Webber y sus musicales o Ennio Morricone y sus bandas sonoras.

Mucho se ha comentado el hecho de que cuando Schubert sintió la necesidad de escribir sus dos Oberturas al estilo italiano (D. 590 y D. 591), allá por ese diciembre de 1817, sólo había podido escuchar como mucho dos o tres óperas de Rossini en los teatros de la ciudad. Un razonamiento hecho por simples mortales, quienes no caen en la cuenta de que Schubert podía leer sin despeinarse todas las partituras que se le pusieran por delante. Y no fue el único vienés en hacerlo. Sabemos que unas manzanas más allá Beethoven, ya sordo, oía la música de Rossini sin oírla. Como cuando estamos en el tren o en la playa, que no llamamos a Constantino Romero para que nos lea en voz alta los whatsapps que nos llegan por nuestro cumple. Al final, después de todo, va a ser que también tenemos superpoderes, como Schubert y Beethoven.

El sobrenombre de «al estilo italiano» no se lo puso Franz, ni falta que hacía. El espejo no puede ser más claro. Lo podremos escuchar en la segunda de las Oberturas, en Do mayor que se tocará hoy. El italianismo reside no tanto en el Adagio inicial como en el Allegro posterior: largos crescendos, notas pedales, armonías repetidas, empuje rítmico… Schubert no estaba imitando, estaba aprendiendo a usar estas herramientas rossinianas para poder aplicarlas, aquí y allá, a sus propias obras futuras. Como copiar un cuadro para aprender. No es plagio, es Cuaderno Rubio. Y divertido, ya puestos.

Conservamos una pequeña reseña del estreno:

«La segunda parte incluía una encantadora obertura de un joven compositor, el señor Franz Schubert. Es éste un alumno de nuestro muy venerado Salieri, y ya ha aprendido en arte de emocionar y llegar a los corazones…. Pese a que el tema es excesivamente sencillo, contiene en potencia todo un mundo de ideas sorprendentes y muy agradables, conducidas con fuerza y habilidad. Tal vez este artista nos sorprenda pronto con una nueva obra».

Vaya que sí. El artista se pasó la década siguiente sorprendiéndonos con nuevas obras. Y, por cierto, ¿quién aparece por aquí? Antonio Salieri (1750-1825), otro vienés de adopción. Un muy venerado compositor antes de que permitiéramos que una buena historia estropease la realidad.

Lo que nos lleva a la segunda obra de la velada. En 1785, año en el que Mozart (1756-1791) componía su Concierto para Piano y orquesta en Mi bemol mayor K. 482, Salieri ya había comenzado a escalar las cumbres laborales de la música vienesa. Una situación en claro contraste con la de Wolfgang, quien no terminaba de despegar ni conseguía despegarse de un perfil de buen profesor, mejor pianista y compositor algo rebuscado. Ya tenemos al segundo de nuestros autores vieneses clandestinos.

Este Concierto para Piano está escrito para gustar, y así fue sin duda. Bueno, lo de escrito es un decir porque, al ser para uso propio, Mozart dejó algunos compases apenas esbozados; para consternación de siglos posteriores. Nada que en realidad no pueda ser reconstruido con algo de salero y un poco de ciencia. Y así es cómo nos encontramos ante el más largo de sus conciertos: más de media hora, pero –como era de prever– se pasa en un suspiro. Hablando de préstamos y copias de estilos, el Rondeau final tiene como melodía principal el tema más propio de la trompa que concebirse pueda, sólo que en piano, claro. Mozart –otro poeta– hace con nosotros lo que quiere: nos lleva de paseo y –atención spoiler– justo diez segundos antes de concluir el movimiento parece que va a volar a otro cielo y tenernos allá un buen rato, sólo para traernos de vuelta con unos porrazos de sobresalto finales. Bromas de un niño grande y sabio.

Hablábamos de camarillas, de pequeños grupos de personas que, con su apoyo, sustentaban la producción y la existencia de estos compositores al borde de la quiebra. Y, es bien sabido, en el Team Mozart destacaba un estimado colega, ya sénior: Joseph Haydn (1732-1809). Sénior por edad porque, aunque famoso en media Europa, para Viena en este 1785 Haydn todavía no era la figura legendaria y cargada de honores que sería una década más tarde, cuando ya compuesto el himno nacional, en 1797 fue nombrado miembro honorario vitalicio de la Tonkünstler-Societät, o en 1803, fecha en la que lo nombraron ciudadano honorario, o cuando los futuros oratorios La Creación y Las Estaciones serían considerados una herencia en vida por la sociedad vienesa. Y ya tenemos al tercero de nuestros autores infravalorados en su tierra. ¿Cuándo se cayó la venda de la ciudadanía, de la corte y de las casas aristocráticas?, nos es lícito preguntarnos. Cuando Haydn volvió cargado de honores, de monedas de oro y de nuevas sinfonías de un par de escapadas que había realizado a Londres en la primera mitad de los años 90.

Londres, como pasará con Boston o Nueva York un siglo más tarde, se había convertido en un destino privilegiado para el mundo musical germánico. Recordemos que el aparente habitante del pleistoceno, Georg Friedrich Handel en realidad había fallecido en Westminster en el cercanísimo 1759, y que este lapso hasta las visitas de Haydn había sido cubierto por las figuras de Johann Christian Bach –uno de los hijos del gran Johann Sebastian- y de Carl Friedrich Abel. Y que en el aeropuerto de Heathrow a Haydn le esperaban los renombrados violinistas Johann Peter Salomon y Carl Friedrich Cramer. Al parecer Haydn aprendió a manejarse con bastante soltura con el inglés, pero vamos, más por vicio que por necesidad. Empezando por la casa reinante de los Hannover y llegando hasta el más humilde flautista de la orquesta, ahí todo el mundo hablaba alemán.

Nuestro compositor se preparó para retornar a Viena a mediados de 1795 pero antes, escribió y estrenó la que sería la última de sus sinfonías, la 104, «Londres». Nuevamente contamos con una reseña aparecida en el Morning Chronicle:

«Haydn ha recompensado las buenas intenciones de sus amigos componiendo una nueva Overture [sinfonía] para la ocasión la cual, por su grandeza, riqueza y majestad en todas sus partes, es considerada por algunos de los mejores jueces como superior a todas sus otras composiciones. Un caballero, eminente por su conocimiento musical, gusto y criterio, ha declarado que ésta es su opinión: que, durante los cincuenta años venideros, los compositores de música no serán nada mejor que imitadores de Haydn […]. Esperemos que la profecía acabe siendo falsa, pero la probabilidad parece confirmar la predicción».

Atención, otro spoiler, la profecía acabó siendo falsa. Menuda la que se montó musicalmente en Viena durante los cincuenta años venideros, y los siguientes cincuenta, y los siguientes…

Joseba Berrocal

Kit Armstrong

Piano


Descrito por The New York Times como un «pianista brillante» que combina «madurez musical y atrevimiento juvenil en una interpretación excepcional», Kit Armstrong es invitado como solista por la mayoría de las mejores orquestas del mundo, mientras mantiene una activa carrera como recitalista y compositor. Nacido en Los Ángeles en 1992, «Armstrong es el pianista que causa asombro y que únicamente puede ser descrito como un fenómeno musical» (Süddeutsche Zeitung), actúa habitualmente en las salas más prestigiosas, como el Musikverein de Viena, Concertgebouw de Ámsterdam, Philharmonie de Berlín, Elbphilharmonie de Hamburgo, NHK Hall de Tokyo, Palacio de Bellas Artes de Bruselas, etc.

Colabora regularmente con directores como Christian Thielemann, Herbert Blomstedt, Riccardo Chailly, Kent Nagano, Manfred Honeck, Esa-Pekka Salonen, Mario Venzago, Robin Ticciati, etc. Ha tocado con orquestas como la Wiener Philharmoniker, Dresden Staatskapelle, Bayerische Rundfunk Sinfonieorchester, Gewandhaus Orchestra, NHK Symphony Orchestra, Academy of St. Martin in the Fields. En 2018 fue Artista en Residencia del Festival de Mecklenburg-Vorpommern, y también del Musikkollegium Winterthur.

En las últimas temporadas ha debutado con orquestas como la DSO Deutsches Symphonieorchester Berlín, NDR Elbphilharmonie Orchestra, Baltimore Symphony o la Tokyo Metropolitan Symphony. Ha realizado un tour europeo con la Swedish Chamber Orchestra y con la Akademie für Alte Musik Berlin, con la que mantiene una estrecha y continua colaboración. Ha tocado recientemente en el Théâtre des Champs-Elysées de París, Prinzregententheater de Munich, Klavierfestival de Ruhr, Philharmonie de Luxemburgo y Philharmonie de Colonia.

Apasionado de la música de cámara, Kit Armstrong ha desarrollado estrechas alianzas artísticas con otros instrumentistas y cantantes. Con Renaud Capuçon ha presentado la integral de Sonatas para violín y piano de Mozart en la Mozartwoche de Salzburgo y en la Boulez Saal de Berlín. Con Christiane Karg, Julian Prégardien y otros ha tocado repertorio Lied. También, se ha presentado como organista (una de sus grandes pasiones) en la Philharmonie de Berlín y de Colonia. La editorial Peters publica sus composiciones desde 2006; instituciones como la Gewandhaus de Leipzig o el Musikkollegium Winterthur le han comisionado obras.

Sus grabaciones incluyen álbumes a solo: «Liszt: Symphonic Scenes» y un álbum dedicado a música de «Bach, Ligeti y Armstrong», ambos con Sony Classical. En 2017 grabó un DVD desde el Concertgebouw de Ámsterdam (Unitel) bajo el título «Kit Armstrong toca las Variaciones Goldberg de Bach, y sus predecesores», convirtiéndose en una grabación de referencia de la famosa obra de Bach (según la BBC Music Magazine).

Kit Armstrong estudió en el Curtis Institute of Music de Los Ángeles y en la Royal Academy of Music de Londres. A los 7 años comenzó a estudiar composición en la Chapman University y física en la California State University; poco después también estudió química y matemáticas en la University of Pennsylvania y matemáticas también en el Imperial College de Londres. Obtuvo un máster en matemáticas puras en la Universidad de París. Alfred Brendel, quien ha guiado a Armstrong como su profesor y mentor desde 2005, le describe como «un pianista que comprende la gran literatura pianística combinando frescura y sutileza, emoción e intelecto». La relación entre ellos fue captada en la película «Set the Piano Stool on Fire», dirigida por Mark Kidel.


Jan Willem de Vriend

Director


Director Titular, Vienna Chamber Orchestra
Director Principal invitado, Stuttgarter Philharmoniker
Director Principal invitado, Kyoto Symphony Orchestra
Artistic Partner, Bergen Philharmonic Orchestra

Jan Willem de Vriend, designado «un regalo de Dios desde los Países Bajos» por el Neue Zürcher Zeitung, está impulsado por el espíritu pionero de la práctica de interpretación históricamente informada. Como director musical del Combattimento Consort Amsterdam, que fundó en 1982, se especializó en el repertorio de los siglos XVII y XVIII, reviviendo una gran cantidad de obras raramente escuchadas a través de interpretaciones históricamente informadas con instrumentos modernos, elogiadas por la revista Gramophone por su «finesse técnica y una sensación viva de caracterización».

Ganador de premios por su contribución creativa a la música clásica, Jan Willem de Vriend tiene más de 50,000 seguidores en Spotify y es muy solicitado como director de orquesta alrededor del mundo, actuando regularmente con orquestas como el Royal Concertgebouw de Ámsterdam, la Filarmónica de Róterdam, el Residentie Orkest de La Haya, la Orquesta Nacional de Bélgica, la Tonhalle de Zúrich, el Orchestre National de Lyon, la Filarmónica de Bergen, la Filarmónica de Varsovia, las orquestas sinfónicas de la Radio de los Países Bajos y de Hessischer Rundfunk (Sinfónica de Radio de Frankfurt), la Sinfónica de Melbourne, la Yomiuri Nippon Symphony y la Filarmónica de Hong Kong. Es Director Principal Designado de la Orquesta de Cámara de Viena, Director Principal Invitado de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Kioto, Director Principal Invitado de la Filarmónica de Stuttgart y el Orchestre National de Lille, y fue Director Principal Invitado de la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya y de la Orquesta de Brabant.

Para el sello Challenge Classics, de Vriend y la Orquesta Sinfónica de los Países Bajos han grabado las sinfonías completas de Mendelssohn y todas las sinfonías y conciertos de Beethoven con, entre otros, el pianista Hannes Minnaar y la violinista Liza Ferschtman. La interpretación de de Vriend de la Sinfonía No. 7 hizo que Classic FM elogiara «un estilo vibrante que hace justicia real a la capacidad de gozo del compositor». Otro hito en su catálogo grabado es su grabación completa de las sinfonías de Schubert con el Residentie Orkest de La Haya.

El espíritu colaborativo de de Vriend también es evidente en su trabajo para el escenario, especialmente con la directora de ópera Eva Buchmann y el Combattimento Consort Amsterdam. Además de obras de Monteverdi, Haydn, Handel y Telemann, sus producciones en Europa y los EE. UU. han incluido versiones escenificadas de las Cantatas ‘Caza’ y ‘Café’ de Bach en el Bachfest de Leipzig, y óperas de Mozart, Rossini, Verdi y Cherubini, entre ellas Don Giovanni de Mozart y La gazzetta de Rossini, ambas de gira por Suiza. De Vriend también ha dirigido producciones operísticas en Ámsterdam (con la Nederlandse Reisopera), Barcelona, Estrasburgo, Lucerna, Schwetzingen y Bergen.

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