Concerts

BOS SEASON 8-2014-2015


Euskalduna Palace.   19:30 h.

F. Mendelssohn: Sinfonía nº 4 en La mayor, op. 90 “Italiana”
S. Prokofiev: Concierto para violín y orquesta nº 1 en Re mayor
G. Enesco: Rapsodia rumana en La mayor, op. 11 nº1

Boris Belkin, violín
Pavel Kogan, director

DATES

  • 29 January 2015       Euskalduna Palace      19:30 h.
  • 30 January 2015       Euskalduna Palace      19:30 h.

Venta de abonos, a partír del 8 de julio.
Venta de entradas, a partir del 15 de septiembre.

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NIÑOS PRODIGIO

La música es el arte que posiblemente más se relaciona con ese don extraordinario con el que algunos niños prodigio están dotados desde los primeros años de sus vidas. Las tres composiciones que escucharemos hoy fueron escritas por algunos de los mayores niños prodigio que la historia de la música ha dado: Félix Mendessohn, Sergei Prokofiev y George Enescu. Los tres no sólo fueron excelentes y reconocidos instrumentistas desde muy temprana edad sino que además antes de cumplir los diez años ya tenían en su haber una serie de composiciones de una madurez excepcional.
Felix Mendelssohn es, para una mayoría de críticos, el gran niño prodigio de la historia de la música, como lo consideró su maestro Carl Friedrich Zelter que en seguida reconoció en él su genialidad. Mientras Mozart compuso a los dieciocho años su primera gran obra, la Sinfonía en la mayor K 201, antes de cumplir esa edad Mendelssohn había escrito: trece sinfonías para instrumentos de cuerda, varias óperas, una sinfonía para orquesta, varios conciertos, música de cámara, obras corales y Sonatas y piezas para piano. Además poseía un genial talento para la improvisación y una prodigiosa memoria que le permitía acompañar una ópera entera o interpretar las obras de Bach, Händel, Haydn, Mozart y Beethoven sin partitura aunque sólo las hubiera leído una vez. Tras su primer encuentro con un joven Mendelssohn de doce años, Goethe, con el que mantendría a partir de entonces una estrecha relación personal y profesional, comentó: “Escuche a Mozart cuando tenía siete años. La diferencia entre ambos es que mientras la música de Mozart me sonó como las palabras de un bebé, la obra de Mendelssohn me pareció el discurso de un adulto.” El último encuentro entre ellos tuvo lugar en 1830 justo antes del viaje que el compositor alemán realizó a Italia y donde se inspiró y comenzó a componer la Sinfonía que escucharemos esta noche. Un año después moría Goethe.
En 1829, cuando tenía veinte años y siendo ya un renombrado artista, Mendelssohn inició una serie de giras por Europa como pianista y director, que le llevaron en primer lugar a Londres y Escocia y que inspiraron la composición de la obertura “Las Hébridas” y de su Tercera Sinfonía “La Escocesa”. Tras sufrir una dolencia en una rodilla, y permanecer en reposo durante dos meses, en 1830 pisó por primera vez Italia. Desde Venecia escribió a su familia: “Al fin en Italia, todo lo que he considerado durante mi vida la mayor felicidad posible está comenzando ahora. Y lo adoro”.  Además de Venecia, visitó Nápoles y Roma, desde donde escribió a su hermana Fanny el 22 de febrero de 1831: “Una vez más he comenzado a componer con nueva energía y la Sinfonía Italiana está haciendo un rápido progreso. Será la pieza más divertida que he compuesto hasta ahora, especialmente el último movimiento”.
A pesar de la energía con la que empezó a componerla – terminó el primer movimiento antes de abandonar Nápoles a comienzos de junio de 1831–Mendelssohn tardó dos años más en finalizarla justo a tiempo de cumplir con un encargo realizado por la Sociedad Filarmónica de Londres donde la estrenó bajo su dirección el 13 de mayo de 1833. A pesar de su éxito inmediato, el compositor nunca estuvo satisfecho con esta obra y no sólo decidió revisarla en 1834 sino que además se negó a publicarla en vida. Por este motivo, se numera como su Cuarta Sinfonía aunque cronológicamente fue la Tercera que escribió.
“La Italiana” refleja las impresiones recogidas por Mendelssohn del arte (gran amante de la pintura italiana fue también un notable acuarelista), gente y paisaje italianos siendo el saltarello del último movimiento, la única referencia directa a la música del país. Siguiendo el modelo de la sinfonía clásica, está escrita en cuatro movimientos. Los famosísimos y enérgicos primeros compases con los que comienza el Allegro vivace, describen la alegría y el tono festivo que Italia transmitió a Mendelssohn así como el dominio del color orquestal por parte del compositor. De carácter elegíaco, el Andante con moto del segundo movimiento, está probablemente inspirado en alguna canción procesional napolitana mientrasel tercer movimiento, Con moto moderato, el más mendessohniano de la obra, es un minueto con Trío en el que destaca la fanfarria de la sección central protagonizada por las trompas que reaparecerán brevemente en los últimos compases. El Presto del movimiento final, que lleva el título de Saltarello, desarrolla dos danzas italianas: el saltarello romano y la tarantela napolitana inspiradas en melodías folklóricas reales.
Sergei Prokofiev comenzó a mostrar su pasión por la música cuando, desde muy niño, escuchaba a su madre estudiar piano todas las tardes. Tan pronto como alcanzó las teclas, empezó a practicar y a los cinco escribió su primera composición: Gallop indio.  Con un libreto que él mismo escribió, basado en los juegos de niños que compartía con sus amigos, a los nueve escribió su primera ópera: El Gigante. Un año más tarde viajó a Moscú donde el compositor Sergei Taneyev, que ocupaba el puesto de director del Conservatorio de la capital rusa, se quedó tan impresionado tras escucharlo que, a partir de entonces, se encargo de su educación musical. Prokofiev también destacó como reconocido jugador de ajedrez desde los siete años, llegando a batirse con algunos de los campeones del mundo de su época.
En 1915, cuando tenía veinticuatro años y siendo ya uno de los compositores rusos más reconocidos, Prokofiev empezó a trabajar en el primero de los dos Conciertos para violín que compuso a lo largo de su vida. Animado por el director del Teatro Mariinski, Albert Coates, ese mismo año también comenzó a escribir su ópera El jugador basada en la novela de Dostoievsky, por lo que apartó por un tiempo su Concierto para violín nº1 que no fue terminado hasta 1917, el año de la Revolución Rusa. La inestabilidad del país hizo que el Concierto no pudiera estrenarse hasta el 18 de octubre de 1923 y que el lugar de acogida fuera la Ópera de París en lugar de un auditorio ruso. A pesar del interés suscitado por el estreno, protagonizado por la Orquesta de la Ópera de París bajo la batuta de Serge Koussevitzky , y la circunstancia de que coincidiera con la première del Octeto de viento de Stravinsky, no cumplió las expectativas de la crítica francesa que sorprendentemente lo consideró muy “mendelssohniano”. Sin embargo, la posterior interpretación que de este Concierto realizaron Nathan Milstein y Vladimir Horowitz en Moscú, en la versión para violín y piano y, sobre todo, la protagonizada por Joseph Szigeti en el Festival de Música Moderna de Praga del año siguiente, lo situaron en el lugar de privilegio que dentro del repertorio de los conciertos para violín ocupa en la actualidad.
Originalmente concebido en un único movimiento, Prokofiev reconvirtió la partitura en un Concierto de tres movimientos en el que, fiel a una de sus frases más célebres: “Detesto la imitación, detesto los recursos estereotipados”, el orden tradicional es sustituido por unos movimientos extremos de tempo moderado frente a un segundo movimiento muy rápido. La obra comienza con una meditativa melodía interpretada por el solista que progresivamente adquiere un carácter inquietante en la voz del violín reforzado por las sonoridades del resto de la orquesta. El Scherzo vivacissimo del segundo movimiento ofrece un brillante y efectista despliegue de armónicos, glissandi y sul ponticello  por parte del violín solista que contribuyen a aumentar el carácter onírico latente en toda la obra. El Moderato del Finale reconcilia las diversas emociones transmitidas hasta el momento a través de la belleza y el lirismo con las que Prokofiev concluye este Concierto.
El director, compositor y violinista rumano George Enescu comenzó a escribir música desde muy niño. Tierra rumana, la pieza para violín y piano que compuso cuando tenía cinco años, es la primera obra que figura en su catálogo. Dos años más tarde se convirtió en el segundo alumno “con dispensa” admitido en el Conservatorio de Viena (donde no se podía ingresar hasta los catorce años). El primero había sido Fritz Kreisler. A los diez ofreció un concierto privado en presencia del emperador Francisco José y a los trece finalizó sus estudios en el Conservatorio. Embajador musical de Rumanía, desde muy joven adquirió una gran reputación como compositor y violinista que le llevó a ofrecer conciertos en las mejores salas de Europa y América como los que ofreció en la Sociedad Filarmónica de Bilbao en 1914 y 1931.
Cuando tenía veintiún años, en 1901, escribió sus dos Rapsodias rumanas que, contrariamente a los deseos del compositor para quien simplemente eran “una serie de melodías unidas sin mayor importancia”, obras de juventud menos interesantes que otras de sus partituras, han pasado a la historia como dos de sus composiciones más conocidas. Estrenadas por la Orquesta Filarmónica de Bucarest bajo la batuta del propio Enescu en 1903, fueron recibidas con el mismo entusiasmo que gozan en la actualidad. La alternancia entre secciones lentas y rápidas y el reflejo de la alegría y del seductor espíritu gitano recuerdan a las Rapsodias Húngaras de Liszt, aunque Enescu eligió la orquesta en lugar del piano como protagonista de su obra. La Rapsodia nº1 está escrita en la mayor y destaca, al igual que la número dos, por su excelente orquestación. Inspirada en una mezcla de canciones y danzas procedentes del folklore rumano -como la melodía del comienzo “Am un leu şi vreau să-l beau" (Tengo una moneda y quiero beber) del violinista gitano Lae Chioru, con el que Enescu estudió violín cuando tenía cuatro años- la Rapsodia desarrolla el recurso de la repetición aumentando de forma progresiva la velocidad e intensidad de las melodías hasta alcanzar un ostensible climax.
Sin duda, un jubiloso final para una velada llena de talento.
 

Patricia Sojo

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